« Caminaba dieciséis kilómetros al día.
Con zapatos rotos.
Tarareando. »
Nació el 13 de abril de 1959 en Casablanca. Hija de un siciliano-corso y de una mujer judía sefardí, Bibih Benisty, que murió cuando Jacqueline tenía solo seis meses. Ni un rostro. Ni una voz. Ni un solo recuerdo.
Solo esta ausencia, llevada durante toda su vida, en silencio, con una dignidad que imponía respeto.
El letrero decía: Auberge Ounara, Mme Vve Peresini. Viuda. La palabra estaba ahí, grabada en la fachada, entre los letreros de Martini y Motrix. Jacques había puesto todo en ese lugar — su sudor, su nombre siciliano, sus medallas de guerra.
El Marruecos de los años 60 era eso — el calor blanco de Casablanca, el polvo de los caminos, los muros de l'Auberge Ounara con olor a café y aceite de motor.
Caminaba dieciséis kilómetros al día para ir a la escuela. Ida. Vuelta. Los zapatos rotos dejaban entrar la tierra, las piedras, el calor del suelo marroquí.
Caminaba de todas formas. Y mientras caminaba, tarareaba.
A los nueve años, una herida que el silencio protegió durante demasiado tiempo. Jacqueline la cargó toda su vida. En el cuerpo. En la mente. Sin convertirla nunca en un arma, sin convertirla nunca en una identidad.
Jacqueline tenía doce años cuando Jacques fue hospitalizado en Briançon. Hizo el viaje sola desde Marruecos para reunirse con él. Un barco. Un tren. Un país frío y montañoso que no conocía.
Una familia cristiana de Gap la acogió. Solange y Raymond. Por primera vez en su vida, un techo estable, unos brazos sin segundas intenciones, amor incondicional.